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Opinión

La fuente de la utopía

Patas en la fuente portada 2

El lunes 17 de octubre es el Día de la Lealtad y una gran parte de la clase trabajadora se encuentra en Plaza de Mayo para reclamar por la reforma judicial y una nueva Corte Suprema, por la restauración del rol del Estado en el control y planificación de la economía y para terminar con las prácticas monopólicas y oligopólicas de los grupos concentrados, entre otros puntos.

Clara reivindicación de la Constitución del ´49 (1), tan cara a muchos peronistas y tan ninguneada por otros muchos del mismo palo. Acaso sea un intento de iniciar el camino hacia una nueva reforma constitucional que la plante como ejemplo.

Reivindicaciones

Esa mujer a la que algunos quieren muerta, presa o exiliada viene reivindicándola desde hace mucho tiempo, cada vez que dice que el sistema capitalista de producción de bienes y servicios debe ser conducido por el Estado, no por el Mercado, y pone como ejemplo a China. Pero también pregona que prefiere la Constitución de Alberdi (1853) y aquí no entiendo cómo es posible articular ambos postulados (2).

China puede hacer lo que hace porque su ordenamiento jurídico-político obedece a un régimen de partido único de gobierno y la Constitución del ´49 fracasó porque su defecto fundamental fue mantener el canon liberal de la república burguesa: democracia representativa y alternancia en el gobierno. Como si la sola existencia de un conjunto normativo pueda garantizar su cumplimiento, sea cual fuere la fuerza política elegida para gobernar.

Sería un gran salto de calidad que en este 17 de octubre se dé el puntapié inicial a una construcción política que tenga por objetivo una reforma constitucional que supere los defectos y contradicciones apuntados líneas arriba.

Claro que sabemos que la correlación de fuerzas es desfavorable. Pero también sabemos que una correlación de fuerzas favorable no viene dada por la naturaleza: es una construcción humana. Ello significa que hay que diseñar una política cultural que transforme nuestra cultura política.

Trascendencias

En esta transición neblinosa, lo que se debe trascender, a nuestro juicio, es una lectura en clave liberal, esa filosofía que nos impregna a todas y a todos y que reduce lo político a lo electoral, es decir, a un agregado, a una suma, de voluntades individuales que luego del escrutinio se transformará en la voluntad general, en la soberanía popular, así, lisa y llanamente. Es la traducción política del liberalismo económico.

Trascender esta filosofía, que, insisto, nos impregna a todas y a todos, significa reconocer que la democracia tiene un significado mucho más profundo que la mera representación política, que sólo puede ser comprendida hoy como un sistema de principios y prácticas de designación de autoridades ejecutivas y legislativas, como una delegación del poder y la responsabilidad del pueblo en unas cuantas personas.

La soberanía popular no puede reducirse a la “dimensión delegativa” que le marca nuestro orden constitucional, porque sólo hay democracia en tanto y en cuanto haya desmonopolización del poder político, en tanto y en cuanto haya una distribución igualitaria del acceso a los medios de participación política.

Podríamos decir que la democracia es, por definición expropiatoria. Su pretensión es convertir los privilegios de unos pocos en derechos de todos. Por ejemplo, el sufragio universal. El derecho a elegir y ser elegidos era en su origen sólo para los hombres ricos. Hoy, ese derecho es para todas y para todos.

Pero la representación política que de ella emerge es, por definición, laxa: puede ser democrática, pero también puede ser oligárquica. Y por esta última posibilidad es que la clase dominante invierte millones de dólares en todo el mundo para conservar su hegemonía.

Dominaciones

La clase dominante, o como quieran nombrarla, con la metáfora que prefieran, no es otra cosa que un conjunto de poderosas empresas que imponen sus criterios de inversión y distribución a los gobiernos y que implantan sus bienes y servicios a los consumidores, rompiendo o adaptando reglas y competidores, a través de la “mano invisible del mercado”.

El pequeño y mediano productor agropecuario, el pequeño y mediano empresario, el asalariado de clase media que paga impuesto a las ganancias, no pertenecen a la clase dominante, pero una buena parte tiene su “sentido común” colonizado por ella.

Porque esta dominación de clase no se ejerce sólo por la fuerza bruta. Necesita de un “sentido común” que la sostenga. Eso se llama hegemonía y consiste en que la clase dominante logre que sus intereses sean percibidos como propios por una gran parte de la sociedad.

Esta dominación de clase no funciona sólo en el campo económico. No es sólo el dinero, es además el poder. Porque la desigualdad es también ideológica. Si así no fuera, la clase dominante, aun concentrando todo su imperio material, no invertiría en el mundo millones de dólares en crear y sostener un “sentido común” favorable a sus intereses, a través de medios y redes, lo que significa que hay mucha gente (la necesaria) fácilmente influenciable por sus periodistas e internautas asalariados y colonizados.

Esperanzas

Para iniciar aquella política cultural señalada líneas arriba necesitamos trascender los límites ideológicos del republicanismo burgués y de lo políticamente correcto (y cómodo), para explorar nuevas instancias de convivencia ciudadana, crear mecanismos institucionales originales y disponer (y pre disponer) hacia estas exploraciones al plantel burocrático permanente del Estado, a los funcionarios políticos y a la militancia organizada.

Estamos a tiempo de iniciarla y un resultado electoral adverso el año próximo no debería ser su límite, aunque haya que cambiar, si aquello ocurre, métodos y plataformas de lanzamiento y proyección.

Quizás esperamos de nuestros dirigentes mucho más de lo que ellos esperan de sí mismos y en esa esperanza radica nuestro error. Quizás nuestra tarea sea construir una voluntad política que nos permita organizarnos desde abajo y avanzar. Quizás esa tarea se complementa con la tarea de seguir bancando lo que hay para evitar el retorno de lo pésimo.

Notas:

(1) Aquí se puede leer esa Constitución, precedida de una puesta en contexto histórico. Sus ejes constitutivos son los artículos 37, 38, 39 y 40: http://www.jus.gob.ar/media/1306658/constitucion_1949.pdf

(2) Aquí se puede leer la Constitución de 1853, basada en el proyecto de Juan Bautista Alberdi: http://www.infoleg.gob.ar/?page_id=3873

Carlos Sortino es Militante de la Agrupación Municipal Compromiso y Participación (COMPA), de La Plata, en el Frente de Todos.

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