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Opinión

No es discurso del odio. Es acción fascista.

Desconozco las razones por las cuales se habla de odio. Desconozco las razones por las cuales no se habla de fascismo (salvo honrosas excepciones). Supongo que hablar de odio y no de fascismo tiene mejor prensa (1).

Sin titulo 6

Estamos colonizados por la lógica de los medios (y su traslado automático a las redes), lo que implica el temor al rebote mediático de cada palabra que se dice, de cada acción que se tome, porque ese rebote contendrá, necesariamente, tergiversaciones, mentiras, fragmentaciones, títulos escandalosos o, simplemente, interpretaciones incompletas. Esta lógica es hegemónica, se inclina ideológicamente hacia la derecha y no hay a la vista, por ahora, una lógica alternativa que pueda ponerla en crisis.

Identificaciones

Pero resulta necesario identificar el campo ideológico desde el que se proyectan los sentimientos. Y el odio es un sentimiento que se proyecta desde el campo ideológico fascista. La expulsión de lo distinto, la eliminación o el aislamiento del otro, son pretensiones fascistas. Si nos quedamos sólo con el sentimiento, no lograremos contrarrestarlo y seguirá multiplicándose.

Hablamos de un fascismo del siglo 21. Ya no corporizado en un líder carismático y perverso, seguido por fanáticos y temerosos. Ya no sistematizado en un Estado totalitario y antidemocrático. Aunque, tal vez, si lo dejamos avanzar, vuelva a adquirir aquellas formas. No lo sabemos. Sólo sabemos que hoy es un sentimiento. Y sabemos también que un sentimiento siempre es más fuerte y duradero que una razón.

El primer paso a la acción directa de este sentimiento fascista comienza con la emergencia de un lumpenaje grupuscular (aparentemente, así podemos, hasta ahora, caracterizar a quienes intentaron asesinar a Cristina), que abre las puertas a su posibilidad de expansión.

Tampoco es discurso del odio todo lo que antecedió a esta emergencia asesina, sino puro y duro discurso ideológico. Por ejemplo, la construcción de hegemonía de la antipolítica y su prédica evangélica de “meritocracia”, que no es otra cosa que puro individualismo, salvaje competencia de unos contra otros, como único horizonte posible (2).

No hay que olvidar que ese discurso se acentuó en manifestaciones públicas con llamamientos a sicarios e incitaciones a fusilamientos, complementando una escenografía de símbolos tales como horcas, guillotinas, bolsas mortuorias, antorchas y cartelería criminal, todo ello en nombre de la libertad de expresión y de la institucionalidad republicana.

Exploraciones

La exploración puede iniciarse mucho más atrás, cuando los constituyentes del ´94 acaso intuyeron que estaba próximo el final de la organización social iniciada a mediados del siglo 19 y por eso, en un lógico reflejo conservador, le dieron al partido jerarquía constitucional, otorgándole el monopolio de la acción política.

Pero ya ningún partido representa y expresa una singularidad político-ideológica, salvo en la nostalgia por su pasado. Aquello que conocimos como partido político es hoy una simple personería jurídica que permite establecer alianzas, participar en elecciones y nada más.

De allí, quizás, que el fascista contemporáneo no tiene partido político y puede autodenominarse peronista, socialista, radical, liberal, anarquista, libertario. Si es inteligente, usa estas identidades partidarias como disfraz. Si es bruto, cree que esas doctrinas lo avalan. La transversalidad política del fascismo contemporáneo es la estrategia de dominación y penetración cultural de la no tan nueva clase dominante transnacional.

Esta dominación y penetración cultural es el sentido práctico del concepto de hegemonía, porque el dominio de clase no se ejerce sólo por la fuerza bruta. Necesita de un consenso social, un “sentido común”, que lo sostenga y logre que sus intereses sean percibidos como propios por una gran parte de la sociedad.

El “sentido común” es fundamental para mantener el control y la dirección del sistema, aun cuando no se tengan las riendas formales del gobierno del Estado. Si así no fuera, la clase dominante, aun cuando concentra todo el poder económico, no invertiría en todo el mundo millones de dólares en crear y sostener un “sentido común” favorable a sus intereses, a través de medios y redes, lo que significa que hay mucha gente (la necesaria) fácilmente influenciable por sus periodistas e internautas asalariados.

Esta disciplina de la clase dominante y esta dispersión de las organizaciones políticas constituyen el caldo de cultivo del fascismo contemporáneo, como lo fue en la primera mitad del siglo 20.

Recuperaciones

La recuperación y el fortalecimiento de la legitimidad democrática de cualquier gobierno guardan una estrecha vinculación con la implementación de políticas públicas ágiles, rápidas y concretas, que impacten de manera positiva sobre las necesidades y expectativas de la población. Eso significa, fundamentalmente, el concepto de representación.

Pero ya no alcanza con eso: hay que maximizar la participación ciudadana, es decir, la democracia, esto es, la soberanía del pueblo, y minimizar la concentración de poder político, empresarial y mediático, es decir, la oligarquía, esto es, el poder político, económico, cultural y social, ejercido por un grupo minoritario (3).

De este modo, se agrega también una nueva fuente de legitimación de la soberanía popular, para poner un límite al avance de la antipolítica, es decir, del neofascismo. Pero no puede ser sólo un método, una política instrumental. Debe acompañarse con una política cultural que transforme nuestra cultura política.

Creer que las personas son seres meramente instintivos, con su propia sobrevivencia como único objetivo, es un gran error. Las personas somos seres fundamentalmente ideológicos. Y la ideología no es otra cosa que una manera de concebir la realidad y actuar en ella, así, lisa y llanamente, sin contorsiones literarias. Muchas veces, sin conciencia plena de ello.

Porque nuestra concepción de la realidad es estructurada por los otros que fueron y también es estructurante de los otros que vienen. Pero no pensemos en una estructuración cerrada, en un mandato a cumplir obedientemente. Pensemos, más bien, en aquel sentido común que se proyecta desde los centros de poder y contamina a toda la población, pero sólo surte efecto en una gran parte de ella, la suficiente para establecer una cultura dominante y sostenible en el tiempo.

Cuando todas y todos decimos estar a favor de la democracia, por ejemplo, suponemos que todas y todos decimos lo mismo, que la concepción democrática es una sola: la que hemos naturalizado sin historizar, sin problematizar, la que el sentido común nos indica, como lo hacemos con casi todo en la vida.

Estamos hablando, por supuesto, del sistema que conocemos como democracia representativa (o democracia liberal o democracia burguesa, como quieran llamarla). Este sistema se impuso en el siglo 19 y podríamos decir que para aquellos tiempos era lo más acorde, o, por lo menos, lo más conveniente. Y ese es desde entonces nuestro anclaje ideológico. Pero hoy la realidad es otra.

Notas:
(1) Ocurre lo mismo con “puja distributiva” y “poder fáctico”, reconversiones de sentido que nos alejan de su campo ideológico y, por lo tanto, inhiben cualquier construcción política superadora. Ver https://infolaplata.com/lo-que-no-se-nombra/
(2) Es la lógica derivación de lo que otrora se nombró crisis de representación y que nunca fue tal cosa. Ver https://codigobaires.com.ar/la-tarea-es-superar-el-romanticismo/
(3) La intervención popular en la conformación de las políticas públicas puede lograr que el pueblo no sólo se sienta representado por el gobierno que eligió, sino, fundamentalmente, que se sienta parte activa de él. Ver https://codigobaires.com.ar/el-estado-pedagogico-de-la-participacion/

(*) Carlos Sortino es Militante de la Agrupación Municipal Compromiso y Participación (COMPA), de La Plata, en el Frente de Todos.

Escrito por

2 Comentarios

2 Comments

  1. Marcelo Ocampo

    15 de septiembre, 2022 at 20:57

    Coincido contigo, el neofascismo, la fascización de jóvenes como heroísmo sacrifical y deseo de Occidente. (Badiud) Trump, Macri, son ejemplos de este Neofascismo, como los jóvenes que atentaron contra Cristina, en distintos niveles, pero en la misma “perverción capitalista”. En las redes se milita el odio fascista, se consagra la fake news, como nuevo Tótem dataísta y nihilista.

    • Marcelo Ocampo

      15 de septiembre, 2022 at 20:58

      Badiou, fe de erratas.

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