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Análisis

Pedro Castillo y el “mito” de la democracia en Latinoamérica

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Cuatro intentos de destitución por “vía democrática”, asedio parlamentario, linchamiento mediático, Constitución de herencia dictatorial fujimorista y una sociedad polarizada. Pedro Castillo es destituido tras poco más de un año de gestión, sumándose al sexto presidente que tiene Perú en seis años en medio de una profunda crisis económica e institucional.

Podríamos hacer un símil entre la frágil e insostenible democracia peruana con la historia de toda Latinoamérica.

Insistir en el camino democrático liberal, la defensa del Estado de derecho, el debido proceso, la defensa de la democracia – como único modelo de gestión de lo público y ejercicio participativo –, parece una locura cuando sus límites son sobrepasados constantemente por los intereses de las clases dominantes locales y su aliado del norte. Y sí, el imperialismo existe y no es una muletilla “troska”. Desde Washington se sigue planificando la desgracia de nuestros pueblos en colusión con las burguesías criollas.

Castillo ilustra, penosamente, un camino elegido por Latinoamérica tras traumáticas experiencias dictatoriales, conflictos internos, avance del neoliberalismo. Camino que poco a poco comienza a agotarse, limitado por la composición de fuerzas de los parlamentos, el estado de la administración pública, deudas externas, compromisos firmados con organismos multilaterales, entre otros.

La primavera progresista de finales de los años 90 e inicios del 2000, que llevó a Chávez, Lula, Néstor, Correa, Ortega, Mujica, Cristina, Evo, entre otros, se encontró con un muro aparentemente imbatible, cuyo tope sería la defensa de la democracia como paradigma. Al lawfare se suma al sabotaje económico, la hiperinflación inducida, el desabastecimiento programado. Mientras unos llamaban a defender el estado de derecho y la democracia, otros invertían la fórmula, adjudicándose a esta como su patrimonio frente a dictaduras “comunistas” y “progresistas”.

Parece entonces que la democracia es una especie de quimera, que las urnas no definen la correlación de fuerzas en las calles ni la continuidad de un proyecto político democráticamente elegido. Sucedió en el siglo XX con Allende en Chile, con Perón en Argentina, y sucede ahora.

Los hechos ocurridos en Perú deben motivar no solamente la reflexión sobre una de las categorías más importantes de la teoría política contemporánea, sino también cómo se piensan los proyectos políticos autodenominados progresistas o de izquierda hoy.

Si la única democracia válida sigue siendo la que defienden los dueños de la vida de millones de trabajadores en el continente, quizá ganar las elecciones no lo sea todo. Poner la otra mejilla todo el tiempo, en defensa de la “paz social”, quizá no sea la opción más adecuada.

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